FRENTE A FRENTE

viernes, 5 de junio de 2009

Un homenaje a mi padre Francisco Montoro

Espero juntar todos los elementos para hacerle el mejor homenaje para alguien que fue un grande. Alguien de quien debo aprender mucho y el mejor elemento que tengo es este medio de comunicacion.
Musica: Ricardo "Canario" Martinez
Montaje: Aldo Montoro

martes, 10 de marzo de 2009

El tiempo y su relacion con la velocidad


Hablar del tiempo es también hablar de su relación con la velocidad con la cual transcurre. El concepto del tiempo como todas las cosas es subjetivo y por lo general pude ser interpretado de que lado de la puerta puede estar uno: estoy hablando cuando uno esta en el baño.
La última y breve novela de Milan Kundera, La lentitud nos puede dar una idea más o menos clara sobre este tema. El tema filosófico del título: al igual que antes trató la levedad (del ser), aquí aparece la lentitud, que un par de citas pueden explicar: "El grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido". "Nuestra época se abandona al demonio de la velocidad, y por este motivo se olvida tan fácilmente de sí misma. Pero yo prefiero darle la vuelta a esta afirmación: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar, y para realizar tal deseo se abandona al demonio de la velocidad; si acelera el paso es porque quiere hacernos entender que ahora ya no aspira a ser recordada, que está cansada de sí misma, disgustada consigo misma; que quiere apagar la trémula llama de la memoria". (...) El tiempo y su velocidad determinan una identidad que nos hace a todos diferentes, en función al grado de nuestra memoria.
La identidad, otro tema desarrollado por Kundera se refiere a la permanencia del yo. ¿Estamos bien seguros de que las personas que creemos conocer son realmente como creemos? Y nosotros mismos, ¿quiénes somos para los demás? (...)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

FOTOS ROBADAS, UN CUENTO PARA LOLA

UNA NAVIDAD EN FAMILIA


Mi padre me contó esta historia, Sucedió a principio de la década de 1920 en Montevideo, antes de que yo naciera. El era el mayor de seis hermanos y una hermana, algunos de los cuales ya no vivían en casa de sus padres:

La economía familiar había recibido un duro golpe. El negocio de mi padre, había quebrado, casi no había trabajo y el país estaba al borde de la quiebra. Aquel año teníamos un árbol de Navidad, pero no teníamos regalos. Sencillamente no podíamos permitírnoslo. En Nochebuena todos nos fuimos a la cama con los ánimos bastante bajos.
Pero lo increíble fue que, al despertarnos la mañana de Navidad, nos encontramos con un montón de regalos bajo el árbol. Intentamos mantener la calma durante el desayuno, pero acabamos con él en tiempo record.
Entonces comenzó la diversión. La primera fue mi madre. Todos la rodeamos llenos de curiosidad y, cuando abrió su paquete, vimos que le habían regalado un viejo chal que “había perdido” hacia ya muchos meses. A mi padre le toco un hacha con el mango roto. A mi hermana, sus viejas zapatillas de andar por casa. Uno de los chicos recibió unos pantalones remendados y arrugados. A mi me toco un sombrero, el que yo creía haberme dejado en un restaurante, allá por el mes de noviembre.
Cada una de aquellas cosas desechadas representó una total sorpresa. Al poco rato nos entro tal ataque de risa que apenas podíamos desatar el lazo del siguiente paquete. Pero ¿de donde procedía tanta generosidad? Todo había sido obra de mi hermano Morris. Durante muchos meses había estado escondiendo en secreto cosas viejas que él sabía que no echaríamos de menos. Entonces, en Nochebuena, después de que todos nos hubiéramos ido a la cama, había envuelto los regalos y silenciosamente, los había colocado bajo el árbol.
Recuerdo aquella Navidad como una de las mas bonitas de mi vida.
Texto :Don Graves
Imagen : Aldo Montoro

sábado, 25 de octubre de 2008

Teoria de la discontinuidad

Según la teoría de la discontinuidad, el tiempo, el cambio, etc., crecerían por gotas o brotes finitos, en los que no aparece nada, o bien ciertas cantidades que surgen de golpe. De acuerdo a esta concepción cada rasgo del universo tendría una constitución numérica definida. Así como lo mínimo que puede haber es un átomo, y no un semi-átomo o un cuarto de átomo, y cada cantidad finita de materia contiene un número finto de átomos, así también cualquier cantidad de tiempo, espacio, cambio, etc., que pudiéramos suponer, estaría compuesta de un número finito de cantidades mínimas de tiempo, espacio, cambio, etc.

Semejante composición discreta es lo que realmente logramos en nuestra experiencia perceptual. No percibimos nada o percibimos algo que ya está allí en una cantidad sensible. Este es el hecho que en psicología se conoce como "ley del umbral de conciencia". Se dice que, nuestra experiencia carece de contenido y de cambio, o que contiene una cantidad perceptible de contenido y de cambio. Nuestro conocimiento de la realidad crece literalmente por gotas o brotes de perfección. Intelectualmente y por reflexión podemos dividirlas en sus componentes, pero tal como son dadas inmediatamente llegan en su totalidad o no llegan en absoluto.

Sin embargo, si consideramos el tiempo y el espacio como conceptos, no como datos perceptuales, no se advierte cómo puede tener esta constitución atomística. Porque si los átomos o gotas carecen en sí mismos de duración o extensión, es inconcebible que agregando una cantidad de ellos aumente el tiempo o el espacio. Si, por otra parte, son pequeñísimas duraciones o extensiones, es imposible tratarlos como cantidades mínimas reales. Cada gota temporal debe tener una mitad anterior y otra posterior, cada unidad espacial debe tener una mitad derecha y otra izquierda, y estas mitades a su vez deben tener otras mitades y así siguiendo ad infinitum, de modo que a la noción de que la constitución de las cosas es continua y no discreta, se encuentra inseparablemente ligada la de una divisibilidad ad infinitum. Esta infinita indivisibilidad de algunos hechos, unida la infinita capacidad de expansión de otros (espacio, tiempo y número) ha dado lugar a uno de los más obstinados problemas dialécticos de la filosofía.